lunes, 3 de diciembre de 2012

“No”: la alegría que nunca llegó


Ainoha Vázquez


Un lunes 5 de septiembre de 1988, exactamente un cuarto para las once de la noche se abrió por primera vez, durante el régimen militar, un espacio televisivo para la disidencia política. El contexto: la campaña publicitaria en contra del gobierno de Augusto Pinochet que buscaba el triunfo del “No” en el próximo plebiscito. Más del 70% de los televisores chilenos estaban encendidos para ver y analizar las campañas “Chile la alegría ya viene” y “Chile un país ganador”, representantes del “No” y el “Sí”, respectivamente. 


Genaro Arriagada, coordinador del comando por el “No”, designó como responsable de la franja publicitaria a Juan Gabriel Valdés (PPD) y a Patricio Silva (DC), quienes con escaso presupuesto debían competir con la campaña oficialista. Valdés, por ese entonces, contaba a la revista política de la disidencia, “Apsi” que: “el objetivo del programa opositor es mostrarle a la gente un país que no ha visto en estos años. Un país optimista, que mira hacia el futuro y que no está fijado en 1973. De ahí la idea de que la alegría es posible en Chile […] No hemos querido hacer un programa político. Los partidos políticos cedieron su espacio a Chile, para que el país exprese toda su creatividad y todo lo que ha pasado durante estos años”.

Juan Gabriel Valdés
La campaña gubernamental, en cambio, estuvo a cargo de la Secretaría General de Gobierno y su responsable directo fue Darío Migueles, asesor del director de Dinacos. Éste, al menos en una primera instancia, mantuvo los elementos de propaganda utilizados a lo largo del período militar y se preocupó, principalmente, de la difusión de las obras realizadas por el gobierno. Aunque pronto decidió cambiar la estrategia por una campaña del terror cuyo objetivo era hacerle recordar a la gente lo mal que se encontraba Chile antes del golpe militar y las terribles consecuencias que sobrevendrían al país si llegaba a resultar ganadora la oposición: hambre, muerte, caos, fueron las consignas.

Dicen que los primeros recuerdos que uno tiene en la infancia empiezan entre los tres y cuatro años. Justo la edad que yo tenía para el plebiscito del 88 y justamente son esas las primeras imágenes que retengo de mi niñez. Mi primer recuerdo: mi mamá me estaba vistiendo para ir al colegio. Todas las mañanas el canal nacional comenzaba su transmisión tocando el Himno Nacional, el que probablemente me había aprendido hacía muy pocos meses. Entonces, pensé que yo no quería que ganara el “No” porque iban a cambiar el Himno y yo iba a tener que hacer el esfuerzo de aprenderme otra canción. Se lo comenté a mi mamá que me miró muy seria (el primer recuerdo que tengo de mi mamá mirándome fijamente y sin ningún gesto en su rostro). “El Himno no va a cambiar si gana el “No”. Si gana el “No” vamos a vivir en un país libre, vamos a recobrar la posibilidad de decidir nosotros mismos a quién queremos para que dirija el país. Si gana el “No”, las calles volverán a ser nuestras”. No sé si hayan sido esas palabras exactas las que me dijo en ese momento pero al menos recuerdo que la idea era esa. Sí resuenan aún en mis oídos infantiles los conceptos de libertad y decisión, que conociendo a mi mamá, seguramente utilizó ese día. Sospecho también haberme quedado conforme con esa explicación porque mis recuerdos siguientes son arrastrando por toda la casa una banderita de la “Alegría ya viene” y mostrándosela a todos los compañeros que salían y entraban allí.  


Con la campaña publicitaria gubernamental aprendí lo que era el miedo. Tengo en mi mente nítida la imagen de una niña sentada jugando con una muñeca en el momento en que un tren va a atropellarla. Tengo en mi cabeza nítida la imagen de un hombre encapuchado cabalgando sobre un caballo negro y con una bandera negra. Pero sobre todo la música. Terrorífica. Que poco a poco se va diluyendo en ruido. La amenaza del país en ruinas, el humo, las bombas; la amenaza de ser atacados por esos personajes sin cara que se llamaban los comunistas y que mataban a los niños. Tal vez mi cabeza mezcle momentos pero también recuerdo que cada vez que daban la franja política del “Sí” yo escuchaba, como música de fondo, los helicópteros sobrevolando Santiago, algunos disparos, los pasos de la gente corriendo, algunos gritos. Aún me cuesta ver la campaña publicitaria del “Sí”, incluso sabiendo que es un documento histórico, porque siempre, irremediablemente, vuelvo sentir el miedo que tenía a mis cortos 4 años.



No, la cuarta película del director chileno Pablo Larraín, muestra ese clima en los días previos al plebiscito y la lucha de ambas campañas publicitarias hasta el triunfo del comando opositor. En ella, Gael García es un publicista de padres exiliados en México que llega al país buscando trabajo. Alfredo Castro - su amigo y colega en la creación de la campaña televisiva de la telenovela “Bellas y audaces”- termina siendo su contrincante en la franja política del “Sí”. Desde el principio queda claro que Gael García no está interesado realmente en dar esta lucha. No sé si alguien desde el principio del film cree que se puede siquiera dar esa lucha. Su misma ex pareja, militante, declara la inutilidad de hacerlo. Tal como pasó en la realidad, muchos creyeron que el llamado a plebiscito no era más que una trampa puesta por el gobierno para determinar quiénes eran los opositores al régimen y así terminar asesinándolos. Aquí nuevamente mis recuerdos se entremezclan y escucho a mi mamá discutir con mi tía comunista porque ella se declaraba en contra de ir a votar, “de ser parte de esta farsa”.

El resultado, afortunadamente, fue distinto. Afortunadamente, por decir algo. Afortunadamente porque no fueron asesinados ni los que se comprometieron a fondo con la campaña ni los que creyeron en la democracia y fueron a votar ese 5 de octubre. Afortunadamente porque la cara visible de la represión, Augusto Pinochet y su séquito, fueron supuestamente derrotados. Pero insisto en el punto: afortunadamente por decir algo. El gran acierto, a mi parecer, de esta película es ese, poner el afortunadamente entre comillas, cuestionarlo, mostrar su fragilidad, su artificio. El artificio de una campaña política que ganó gracias a la publicidad y no necesariamente por los sueños y utopías de quienes la llevaron a cabo.

Y es que siendo sinceros nada ha cambiado tanto desde ese día. Los mismos personajes siniestros que aparecen en la película que reproduce la franja política del “Sí” en ese período, son quienes luego de un tiempo prudente han vuelto a gobernar Chile. Y sinceramente ¿a quién queremos engañar? La alegría nunca llegó. Gran parte de los militares que torturaron y asesinaron a los opositores están libres, mientras sus jefes no sólo están libres sino que ahora ocupan grandes puestos de poder gracias a las alianzas que han hecho con la izquierda simulada: Alfredo Castro y Gael García trabajando juntos para una telenovela, lo mismo que Ricardo Lagos y Sebastián Piñera veraneando juntos. ¿Esa era la alegría que esperábamos? ¿Qué alegría era la que se esperaba si aun habiendo ganado la democracia se sigue torturando a jóvenes y niños que simplemente buscan expresar su descontento, tal como ocurrió y sigue ocurriendo en cada marcha estudiantil?



Las marchas estudiantiles que se dieron el año pasado no hacen más que reforzar esta postura. La alegría no ha llegado, la alegría no va a llegar; tal como hace 24 años seguimos siendo derrotados bajo la apariencia de que somos los triunfadores. Nos siguen haciendo creer que las cosas van a ser distintas cuando todo sigue exactamente igual. Fuerza invertida en vano. Escolares que perdieron el año académico por un sueño justo y necesario, profesores que fueron expulsados de sus trabajos por apoyar la causa. Esa alegría de los estudiantes y profesores que inundaron las calles con sus reclamos, que creyeron que algo podían hacer para cambiar este sistema heredado de la dictadura y que una y otra vez chocaron contra una pared que parece invencible. ¿Qué alegría fue la que llegó? ¿Qué alegría es la que tenemos que celebrar?

En medio de la fiesta de la democracia del final de la película, Gael García está triste. El público queda triste sin saber por qué siente ese dolor en medio de los colores y la felicidad de la gente que marcha. Yo misma quedé irremediablemente triste después de ver esa escena. La misma tristeza que siento al ver que este año las marchas disminuyeron, que este año los asistentes se fueron reduciendo de a poco hasta quedar en unas cien personas, la misma tristeza al ver que los estudiantes que perdieron el año no consiguieron absolutamente nada, sólo pérdida, una vez más pérdida. Sí, tanto en la vida real como en la película ganó la publicidad, ganó la llamada “Concertación”, los poderosos que se dicen de izquierda. Tanto en la película como en la vida real los que perdimos nuevamente fuimos nosotros. Mi mamá me mintió y no recuperamos las calles ni esa libertad porque el sistema dictatorial sigue presente. La alegría prometida no es más que el recuerdo de la banderita arrastrada por toda la casa, la alegría prometida no es más que una calcomanía bonita que aún conservo en la pared de mi cuarto.   


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